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Al cielo valientes soldados

Mientras las familias de Bryan Lizana, Percy Gálvez, Miguel Ángel León y Edison Huangal se disponían como cada mañana sabatina a tomar desayuno y platicar sobre el orgullo que los albergaba por tenerlos en el grato y altísimo Ejército del Perú, ellos morían ahogados en la playa de Marbella. Donde hoy, ninguna disculpa es válida ningún perdón es justificable.

Tomando en cuenta que este pseudoejercicio no fue informado por el mayor y completo responsable del acto Alexis Klifford Rey Sánchez y que las cuatro víctimas militares estuviesen con botas y casi completamente uniformados al momento de ingresar al furibundo y peligroso mar de Magdalena, se podrían tejer un sinfín de versiones. Versiones que han hecho remover del cargo al mayor Rey, teniéndolo bajo investigación y con la lupa en los zapatos.

Una que puedo hilar sin necesidad de mucha perspicacia y la que creo más contundente y veraz, sería por ejemplo que Rey Sánchez llevó y sacó sin permiso alguno a cuarenta y tres militares (entre soldados, cabos y sargentos) del Cuartel de Pueblo Libre con dirección a la playa de Magdalena. ¿Los motivos?, solamente él puede saberlos. De todas formas, y luego de haber ejercitado a su pelotón por las vivas arenas de la Costa Verde, ocho de estos tuvieron un altercado, una discusión, dándole pie al mayor para encomendarles y no idearse algo mejor que un castigo ejemplar a manera de “misión” (¿quizá para medir su grado de temperamento?, castigo que resultó tan sabio como su mente y su coeficiente, al enviar entonces a nadar mar adentro a una de las peores y más peligrosas playas del litoral limeño a los ocho involucrados en la revuelta.

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No obstante a que el castigo que cayó sobre las cabezas de los militares y al cual no pudieron desistir, fue y es por demás cuestionado, Rey Sánchez no tuvo otra idea más descabellada que hacerlos ingresar con botas y uniformados. Casi al suicidio, casi a la muerte.

Está claro que de los ocho militares enviados a la deriva solamente regresaron cuatro, y que luego de ver que su plan no resultó como había pensado y al ver que los miembros de su cuartel pedían auxilio y parte de ellos eran rescatados por un pescador, Rey entró al mar para salir de la misma manera, demasiado tarde.

La justicia no existe, pero me quedo con la rabia comprimida al saber que cuatro jóvenes con la vida por delante sumada a los sueños, los mismos sueños que los hicieron enlistarse al valiente Ejército, pierdan la vida por algo que pudo no hacerse; por una decisión mal tomada, de la forma más absurda, de la manera más imprudente. Me quedo con la impotencia de saber que ellos salieron de su habitación mentalizados en aprender algo más al terminar la jornada y que cuando regresaron, lo hicieron con los pies por delante y con sus cuerpos hinchados y pálidos por el agua.

La justicia no existe, pero las voces de Bryan, Percy, Miguel Ángel y Edison tienen que ser escuchadas. No puede quedar impune. Y créanme, no lo quedará.

Al cielo, valientes soldados peruanos, que el infierno está acá, y que acá, es donde verdaderamente, se pagan los pecados.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Novelista. Comunicador.
25 años
Blogger
Descripción en dos palabras: Literatura y Cultura