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¡Levántate, Venezuela!

Entablar una conversación donde la ‘guerra civil’ sea el principal tema de conversación de acorde en este siglo sería algo alevoso, retrógrado, un tema fuera del sentido común bajo la democracia en la que vivimos, en honor a la paz en la que nuestros hijos descansan, sobre la tierra que nos tocó vivir.

Pues hoy, Venezuela está a un pie de entablar una temida batalla dentro de su propio dominio. Las Fuerzas Armadas se levantan contra el régimen del ruin dictador y hacen sentir su poder con un rugido que urge por ser escuchado hasta los confines del fin del mundo.

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El pueblo venezolano apoya el levantamiento militar de Carabobo en contra de Nicolás Maduro. Miles salen a las calles de la plaza del centro de la capital para demostrar su respaldo incondicional, aclamando la libertad de un pueblo que se hunde bajo su propio sendero y que exige ser escuchado.

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Las autoridades extranjeras dialogan entre sí y analizan el contexto para centralizar la forma de ayuda; Estados Unidos, bajo el mando del despiadado, rubio blanquezco y orate Trump desea una intempestiva entrada con toda la potencia de la ‘Army’, mientras que España (bajo el nexo del calmo Zapatero) y los países aliados europeos solicitan el ingreso de una manera no tan frontal. Henrique Capriles es liberado. Juan Caguaripano (comandante líder que tomó el Fuerte Paramacay en Carabobo) se ha rebelado. Que corran las apuestas.

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Venezuela se ha vuelto el infierno en la tierra y es hora de que fuerzas externas hagan sucumbir un imperio que tiene fecha de caducidad. Esta confrontación no pinta nada bien, Venezuela puede (y va) a teñirse de rojo, va a manchar con sangre los muebles del Palacio de Gobierno y las calles quedarán vacías de todo aquel que no jure lealtad a Maduro.

¿Qué esperan las potencias?, ¿cuántos más deben morir?, ¿cuántos más deben padecer las locuras del ruin dictador? En un mundo de ciegos el tuerto es el rey y Maduro tiene el ojo bien puesto en su principal objetivo, cerrar las fronteras y aislar a Venezuela para que pueda desfallecer bajo su látigo. Su visión es egoísta, su dictadora inimaginable, su maldad proscrita enmarca a la perfección la cuaresma de su paraíso perdido.

Maduro se ve como un falso mesías, que llegó a darle la calma a un país que nunca necesitó un profeta, que nunca quiso un dios de barro; que no necesitó de sus milagros de mentira. Pero caerá. Tarde o temprano, bajo una bomba de tiempo que no falta mucho en reventar.

La guerra está a la vuelta de la esquina y Venezuela está lista para la libertad.

Levántate, Venezuela; que tu alma no puede perderse. Que la paz llegará a tus esquinas y que las veredas dejarán de sostener tus cuerpos sin vida.

Levántate, Venezuela. Con el apoyo de todos, y con el de ninguno.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Novelista. Comunicador.
25 años
Blogger
Descripción en dos palabras: Literatura y Cultura

Cotidianas ficciones: presentación de Cuentos ordinarios

Cuentos ordinarios, primera entrega literaria del músico y escritor Aarón Alva, se presentará este sábado 29 de julio a las 6 p. m. en la sala José María Argüedas de la Feria Internacional del Libro de Lima.

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Sobre Cuentos ordinarios

Publicado bajo el sello del Grupo Editorial Caja Negra y prologado por la reconocida escritora nacional Carmen Ollé (premio Casa de la Literatura 2015), Cuentos ordinarios es la publicación primigenia de Aarón Alva, un escritor novel, pero de quien se avizora un futuro prometedor; en palabras de Marco Martos: “[…] autor muy joven que ya luce bondades en su escritura, pues tiene una prosa ágil, manejo sagaz de las técnicas literarias y argumentos que sostienen el interés del lector”. (Reseña sobre Cuentos ordinarios).

El libro consta de 16 cuentos en los cuales prima una narración intradiegética-autodiegética, es decir, donde el protagonista es quien cuenta su propia historia. Esta característica juega a favor de una lectura más íntima, más familiar, donde no solo nos sumergimos con facilidad en los mundos recreados, sino también en la psicología de los personajes.

El tiempo de la narración, por lo general, se presenta en pasado, lo cual propicia una visión global de los hechos. Así, podemos observar el uso de anacronías, como la prolepsis (saltos en el tiempo hacia el futuro), lo que permite la develación anticipada de los hechos y del mundo interno del héroe, como acontece en “El perro rabioso”. Además de ello, el manejo sincrónico de los juegos temporales también es una característica de la cuentística de Aarón, pues en “A la hora de crecer, a la hora de perder”, por ejemplo, convergen dos relatos en simultáneo, que corresponden al estado inicial y final (pasado y futuro) de la relación entre dos amantes primerizos.

El lenguaje presente en Cuentos ordinarios es coloquial, propio del escenario donde se desenvuelve la mayoría de historias (se infiere Lima). La secuencia narrativa es ligera; la naturalidad de los acontecimientos nos transporta con verosimilitud sin dificultades. Los narradores se preocupan por describir surtida y curiosamente cuanto los rodea sin por ello caer en lo grandilocuente, sin por ello suspender la historia; detenerla por sobrecarga de detalles. Es así que se crea un aura de equilibrio.

Otro recurso que atrapa de las historias de Aarón es la utilización del final abierto. Sus cierres nos dejan con la incertidumbre de saber qué es lo que continúa, rasgo que, por lo mismo, cala en la memoria. Un ejemplo de ello se evidencia en los cuentos  “Un viaje en taxi” o “Hacia la cima”. Por otro lado, Aarón también trabaja la técnica del iceberg. Esta técnica, preferida de Ernest Hemingway, impacta por su repercusión final: es solo en las últimas líneas donde se menciona información contundente para la historia, logrando así un efecto sorpresa. Mejor ejemplo de ello no es otro que “Cortometraje”.

Ficciones cotidianas

Siempre se ha dicho que la literatura refleja la realidad, pero más que reflejarla la refracta. La literatura rasga un atisbo de lo Real (en términos lacanianos lo que no se puede simbolizar, pues escapa del lenguaje). ¿Qué sucede cuando, como lectores, nos identificamos con la realidad descrita en el discurso ficcional? ¿Acaso no se despiertan, no se conmueven nuestras emociones? ¿Acaso no lloramos ante un episodio doliente, no enervamos ante una injusticia o bullimos frente a un amor desmedido? Ese es el poder de la literatura y lo que la hace tan especial, porque todo mundo posible, por más “evasivo” que parezca, siempre conservará como única estructura (directa o indirectamente) la realidad conocida por todos nosotros, la misma que puede conmocionar en cada sujeto de forma distinta, pero que, a fin de cuentas, repercute.

En Cuentos ordinarios Lima es el eje por el que giran los acontecimientos y, por lo mismo, el escenario verosímil que permite la coexistencia natural de todos los elementos que la componen: de ella nacen los callejones, los barrios, las discotecas, las cantinas, etc., como a su vez, todos sus residentes. Por ello, no es tarea difícil situarnos en la piel de los propios personajes, en las peripecias o conflictos personales que los afectan. Esta es, en esencia, el alma que compone esta antología de cuentos y, a la vez, su mayor virtud.

Es así, pues, que Cuentos ordinarios, como primera entrega, convence y asienta a su joven autor como una promesa de la narrativa peruana, y que, en perfecta armonía, este retribuye: “[Cuentos ordinarios] es el inicio de una búsqueda que, afortunadamente, no tendrá fin. Cada historia llegó como una revelación de que en lo cotidiano, lo ordinario, se esconde algo extraordinario que aflora mediante el poder de la literatura. Sentimientos como el amor y el odio, el miedo y la represión, configuran la esencia de los personajes, cuyos deseos muchas veces se ven opacados por el carácter indómito de sus frustraciones, así como también por la injusticia de una sociedad que devela desigualdad y maltrato”.

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Aarón Alva. Músico profesional, licenciado del Conservatorio Nacional de Música. Tiene en su haber diversos premios como la grabación de un disco titulado Matices clásicos. Paralelamente a su carrera musical, ha colaborado como jefe de redacción en el colectivo Reporteros Infiltra2 y ha sido convocado para publicar sus cuentos en las revistas literarias El Bosque y Campo de Letras 80’s. Actualmente, es editor general y redactor en el medio digital Cuenta Artes.

Elogio de lo múltiple. Aguas móviles. Antología de la poesía peruana 1978-2006

Cada antología es, de alguna manera, un instante para reflexionar sobre el canon y su relación con el corpus, siempre virtual, siempre en movimiento de las obras producidas. En efecto, esta reflexión supone el cuestionamiento o la ratificación de una sensibilidad, una manera de comprender el fenómeno poético y de acercarse a él. Más aún, el espacio textual de la antología, por su misma constitución, es una manera de interactuar con la tradición, de plantearle nuevas interrogantes y demandarle soluciones inéditas. El siglo pasado ha permitido observar que, en algunas oportunidades, fueron los poetas mismos quienes, en un intento por definir la personalidad de su escritura, emprendieron esta tarea. Tal es el caso de la famosa colección que prepararon Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren, La poesía contemporánea del Perú (1946), o aquella no menos insigne que estuvo a cargo de José Antonio Mazzotti, César Ángeles y Rafael Dávila Franco, La última cena. Poesía peruana actual (1987).

No obstante, a pesar de la presencia (persistencia) de estas colecciones en el derrotero de la poesía peruana, resulta insólito que las perspectivas del estudioso y del poeta se conjuguen con provecho en un mismo individuo. Es una fortuna, por ende, que el día de hoy aparezca en nuestro medio una antología que rompe con esta constante: Paul Guillén (Ica, 1976) acaba de presentar Aguas móviles. Antología de la poesía peruana 1978-2006, una colección que nos lleva a meditar sobre la forma de organizar y entender la poesía peruana gestada desde las últimas décadas del siglo pasado. Asimismo, el texto introductorio que ha preparado Guillén para su antología supera las expectativas habituales a las que nos tienen acostumbrados publicaciones de este tipo en nuestro medio. Más allá de la estupenda colección de poetas y poemas, escogidos la mayoría de veces con discernimiento y sabiduría, el texto compuesto por Guillén tiene el mérito de proponer, ante todo, una forma alternativa de concebir la historia de la poesía peruana.

En primer lugar, para calibrar el aporte de esta antología, debe evaluarse la propuesta presentada en el conciso estudio que abre el conjunto. Precisamente, es en este prólogo donde plantea una singular manera de organizar la poesía escrita en las últimas décadas. Como es de conocimiento público, por más que la pertinencia teórica del concepto de «generación» para el estudio del devenir histórico de la lírica en el Perú se ha visto mermado en las últimas décadas, pocas veces los antologadores de turno han prescindido de este concepto o, menos aún, han emprendido la tarea de elaborar una noción que pueda sustituirla eficazmente. Guillén ha tenido el valor de abandonar esta categoría y atreverse a una organización que ya no depende de la enumeración de los autores más reconocidos de cada década: «Mi planteamiento» —afirma el antologador— «obviará la categoría de “generación” y planteará de una manera secuencial una lectura de los flujos, variables y constantes de la poesía peruana. Además, no asumir la idea de “generación” me permitirá prestar importancia a los sistemas de la poesía peruana» (8, cursivas nuestras).

Si bien es cierto la noción de «sistema», para el caso de nuestra literatura, fue esbozada por Antonio Cornejo Polar, en su célebre La formación de la tradición literaria en el Perú (1989), hasta el momento no se había intentado trasladarla hacia la producción poética. Asimismo, Guillén se esfuerza por establecer un diálogo entre la categoría de «sistema» y el concepto de «copresencia de lo diferente», propuesto por José Morales Saravia —poeta que aún no recibe la atención que merece—. Para este último, comprender la historia de la literatura significa asumir que en un momento específico coexisten siempre tradiciones diferentes, distintas variantes de concebir y ejercer la poesía (13).

No obstante, Guillén no brinda una definición clara de su categoría. ¿A qué se refiere con sistema? ¿Cómo debemos entender esta noción?  ¿Debemos comprenderla según la pauta de Cornejo Polar? ¿Puede ser equiparable a algún otro concepto previo? En realidad, no sabemos con certeza a qué alude específicamente con esta idea. De ahí parte una duda fundamental que empaña, solo en parte, su planteamiento: ¿cuál es la diferencia entre un sistema y una tradición? ¿No es más sencillo (o preciso) hablar de tradiciones en la poesía peruana? Dicho de otra forma, no puede divisarse con nitidez por qué razón Guillén apuesta por «sistemas» y no por el término «tradiciones» (en plural), que es una noción más familiar al lenguaje crítico, que permite definir un corpus a lo largo del tiempo y no niega la posibilidad de interacción, y que guarda en sí misma una enorme complejidad. ¿Acaso al hablar de sistemas se está refiriendo a las tradiciones que pueblan nuestra poesía? En algunos pasajes de su estudio, parece que no hubiera una diferencia sustancial entre ambos conceptos, lo cual, tal vez, podría poner en duda la pertinencia de su enfoque.

A pesar de estos reparos, el empleo de esta categoría le ha permitido al antologador formular una descripción muy sugestiva de los avatares de la poesía actual. Así, en su lectura, debemos entender que existen seis sistemas definidos: «1) sistema coloquial; 2) sistema del lirismo, lenguaje de imágenes irracionales y surrealistas; 3) sistema neobarroco; 4) sistema del concretismo y post-concretismo; 5) sistema de la poesía escrita en lenguas aborígenes y [SIC] 6) sistema de poesía del lenguaje» (8).

De todos estos, el cuarto solo es descrito en el prólogo y no tiene presencia en el cuerpo de la antología. No está de más señalar que, incluso considerando los libros mencionados en la introducción, resulta complicado asumir que este tipo de poesía constituya propiamente «un» sistema, con cierta autonomía y una historia propia, como sí sucede con los otros, dentro de la poesía peruana. Habría que calibrar hasta qué punto no estamos solo ante experiencias estéticas que, en el peor de los casos, podrían ser tildadas de anecdóticas. También, sucede lo mismo con el sistema de la poesía del lenguaje que, por momentos, parece que no contara con un corpus importante para reclamar su independencia. Asimismo, en el caso del segundo sistema, cabe preguntarse por la pertinencia del encabezado, ya que, en esencia, se refiere específicamente a los residuos de las herencias simbolista y surrealista, que aún puede rastrearse en algunos autores en pleno ejercicio de la palabra. Para el prologuista, ambos legados son decisivos en los poetas inscritos en este sistema.

Sin duda, en estos casos la brevedad del estudio introductorio es un factor en contra. Incluso, puede afirmarse que este inconveniente se extiende al cuerpo mismo de la muestra. En efecto, todo el conjunto, prólogo y selección, dejan la sensación de que requieren de más espacio. En este caso, se trata de una decisión editorial poco afortunada: un proyecto de este tipo demandaba una cantidad mayor de páginas o, caso contrario, la reducción del número de autores de la antología, para repotenciar el ensayo introductorio, que, como se ha visto, es una pieza clave, y la cantidad de poemas por cada uno de ellos.

Sin embargo, uno de los mayores logros del empleo de la noción de sistema radica en su capacidad para, prácticamente, disolver la aparente encrucijada que provocó un debate iniciado hace unos años entre Luis Fernando Chueca (2001) y José Carlos Yrigoyen (2008). Aunque ambos emprendieron una empresa similar, que tenía como propósito último definir los rasgos característicos de la poesía reciente, como resultado de sus pesquisas, terminaron ofreciendo soluciones antagónicas. En su intento de comprender la composición de la poesía peruana actual, Guillén señala que «la concepción de la diversidad (Chueca, 2001) se torna muy abierta, modulable y permeable, en tanto, la noción de hegemonía de lo conversacional (Yrigoyen, 2008) justamente oculta las disidencias textuales o la copresencia de lo diferente» (13).

En el caso de Yrigoyen, su tesis obedece más a una convicción estética: dicho de una manera distinta, su defensa de la poesía conversacional es una manifestación de principios. Se comprende el énfasis en su postura, ya que su producción lírica adquiere sentido y mayor brillo puesta en relación, precisamente, con el sistema coloquial, del cual sin duda es epígono y superación. Sin embargo, asumir sus ideas genera demasiadas restricciones a un corpus que, abiertamente, muestra una mayor variedad, capacidad de exploración y riqueza formal. En el caso de Chueca, aunque no lo señala de manera explícita, Guillén sugiere que el principal inconveniente de su postura radica en su énfasis en el aspecto temático. Al hacer hincapié en los temas de la poesía escrita en los noventa, Chueca soslaya que es, finalmente, la forma expresiva empleada para forjar el poema la que lo define. Así, el lenguaje precisa la identidad del texto poético. Ni hegemonía, ni diversidad. El enfoque de Guillén, en este aspecto, es una manera inteligente de salir de un aparente atolladero.

 En segundo lugar, aunque, el antologador afirma que «la elección de estos nombres es simplemente […] provisional y transitoria» (25), la colección que presenta es, en la mayoría de casos, un ejemplo de lectura exigente y perspicaz, donde impera el buen tino. En este sentido, a diferencia de otros autores, Guillén ha sabido aprovechar sagazmente su faceta creativa. Esta, lejos de ser un obstáculo (una poética rígida que sesga su visión y su juicio), es utilizada como un «observatorio» que le permite atisbar un conjunto surtido de poéticas muchas veces disímiles e, incluso, exagerando un poco, hostiles (pensemos solamente en el contrate abrupto entre la poética coloquial y la del neobarroco). Incluso, puede decirse que la lista presentada constituye un espacio de reivindicación y rescate de algunos autores poco conocidos en el medio. Más aún, el hecho mismo de evidenciar que el neobarroco es dueño de un espacio expresivo propio e importante en la poesía peruana es, por sí mismo, un logro. En este sentido, no es errado caracterizar el conjunto propuesto en Aguas móviles como un acceso válido al corpus poético contemporáneo, que brinda luces sobre la práctica poética en nuestro país. Guillén explota acertadamente su lugar como poeta: las redes que ha establecido, en su ejercicio con la palabra, le permiten identificar, a veces, poéticas marginas por la crítica en boga.

Sucede, por ejemplo, con el poeta Javier Gálvez, quien hasta el momento solo tiene un poemario, Libro de Daniel (Jaime Campodónico, 1995) y un ensayo editado a cuenta del autor, Javier Heraud y la nueva Eurídice (2011). Este compromiso con la búsqueda de fuentes es el indicio de un trabajo sesudo, que, tal vez, solo sea el preámbulo de un proyecto mayor. Asimismo, un caso similar es la recuperación de la poesía escrita en lengua quechua, representada en la antología de forma notable por Dida Aguirre y Odi Gonzales. También, en esta línea, destaca el caso de Iván Suárez Morales, poeta que conjuga milenarismo y política con un espléndido trabajo del ritmo.

No obstante, existen dos inconvenientes que atraviesan la selección de poetas. El primero radica en la organización. En vista de que el planteamiento central del prólogo consiste en una comprensión alternativa de la lírica peruana como un corpus sectorizado por «sistemas poéticos», resulta contradictorio que al momento de proponer un orden se haya recurrido a la cronología. Hubiera sido conveniente aprovechar la noción de sistema y graficarla en el cuerpo de la antología. Es decir, presentar juntos los poemas que corresponden a un mismo sistema, para establecer de esta forma variantes, continuidades y procesos que permitan apreciar, precisamente, en la propia escritura poética su «sistematicidad». El prólogo y la selección, entonces, habrían adquirido la necesaria complementariedad que exigen proyectos de este tipo.

Definitivamente, esta decisión conllevaba, aparentemente, el riesgo de soslayar casos donde un mismo autor puede ser exponente de varios sistemas. Sin embargo, esto no habría sido un problema, si se hubiera aprovechado consecuentemente la noción de sistema. En otras palabras, habría sido interesante colocar la noción de sistema por encima a la de autor. Nos referimos a la posibilidad de que un mismo poeta pudiera aparecer dos o más veces en diferentes secciones de la antología, debido a que, como se señala en el prólogo, un mismo autor puede inscribirse en varios sistemas a lo largo del tiempo. Casos paradigmáticos de este fenómeno podrían ser los poetas Roger Santiváñez o Mario Montalbetti, quienes partieron del sistema coloquial al neobarroco y a la poesía del lenguaje, respectivamente. Una distribución de los espacios textuales de la antología definida por la noción de sistema hubiera sido la manera más rotunda de materializar la propuesta detrás de este proyecto.

Un segundo inconveniente, aunque en menor escala, se desprende de la funcionalidad del concepto de sistema. Como habíamos mencionado, el uso de esta categoría se justifica, en parte, por su capacidad para iluminar sectores de la poesía poco conocidos por el público lector o atendidos por la crítica oficial. Por tal motivo, después de una lectura general, resulta paradójico que los poemas que más destaquen correspondan a los poetas consagrados por la crítica. No siempre los exponentes «menos reconocidos»  permiten apreciar la riqueza del sistema que representan. Es lo que ocurre con los textos de Yulino Dávila o de Giancarlo Huapaya, cuya radicalidad formal pocas veces consigue dar buen fruto. La experimentación no supone, necesariamente, en esos casos, resultados importantes. A esto debemos agregar que el número de autores va en desmedro de la cantidad de poemas por cada uno de ellos. En algunos casos, esto tiene como consecuencia que, debido a la extensión de sus textos, solo se puedan incluir uno o dos poemas representativos por autor. Un caso emblemático puede ser el de José Morales Saravia, cuya obra está resumida en un solo poema («La mar» que comprende seis carillas). Esto nos lleva a pensar que, por momentos, debido a la tensión entre el proyecto que la guía y el número de páginas que, finalmente, posee, esta edición no logra definir con claridad si es una antología o una muestra (entendida como un ejercicio de difusión bajo el criterio de concisión y esencialidad).

No obstante, a pesar de estos problemas, es necesario recalcar que Aguas móviles sí cumple con su propósito de recuperar voces importantes de la poesía peruana. Es el caso de Dida Aguirre, exponente de la poesía escrita en quechua, dueña de un lirismo singular que se apropia de su tradición, y de Javier Gálvez, vate poco conocido, poseedor de una aguda sensibilidad para forjar el ritmo en sus poemas. También, es necesario destacar el acierto de recuperar algunos nombre conocidos pero con escaza difusión, debido principalmente a su breve paso por la poesía. En ese rubro entran los trabajos poéticos de Xavier Echarri, una de las voces más interesantes de la lírica escrita en los años noventa, y de Patricia Alba, notable exponente de la poesía escrita por mujeres en la década del ochenta.

En síntesis, podemos afirmar que Aguas móviles. Antología de la poesía peruana 1978-2006 constituye una apuesta oportuna en el intento de renovación de los estudios de la poesía en nuestro país. El conjunto tiene dos méritos principalmente. En primer lugar, expone una concepción alternativa sobre la producción poética. No se trata de una colección arbitraria. La lista final de autores seleccionados obedece a una perspectiva crítica que pretende articular una comprensión sobre el fenómeno poético. Por más que la noción de «sistema», axial en su enfoque, necesite un esclarecimiento mayor, creemos que la decisión de analizar el corpus seleccionado en segmentos es realmente pertinente (sino urgente). Aunque es necesario que esta propuesta se materialice en la composición de la antología. En segundo lugar, la mayoría de veces, consigue rescatar las voces de algunos de los representantes menos difundidos de la poesía peruana. Incluso, en el caso del neobarroco, define un área específica del corpus poco valorada. Estas operaciones son vitales para tener una percepción cabal de los senderos que recorre la lírica peruana en la actualidad. Creemos que esta colección exige una segunda edición que afronte consecuentemente los postulados de su prólogo y que solucione algunas de los traspiés o confusiones que han surgido en esta primera entrega. Consideramos que esta colección es, desde ya, un aporte valioso para los estudios literarios y  para los lectores interesados, siempre atentos al devenir de la lírica.

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Por Lisandro Gómez

 

 

Parnasón: revista académica sobre estudios literarios

Parnasón es una revista académica sobre estudios literarios que nace en las aulas de la UNFV en el año 2015. Actualmente, mantiene en vigencia la recepción de trabajos para su cuarto número, cuya temática aborda al indigenismo.

Sobre la revista

Revista Parnasón nace con el objetivo de difundir las investigaciones de todos los estudiantes universitarios que cursen carrera, dentro de la rama de humanidades, sin importar su casa de estudios. Los temas son distintos por cada número; así, hasta la fecha, han propuesto cuatro: literatura griega, generación del 50, estudios de género e indigenismo (tema de su reciente convocatoria).

Los integrantes de la revista son estudiantes de literatura de la UNFV que van a pasar al cuarto año de carrera. Ellos son Hernry Abad Calderón (director) y Adriana Saldaña Pastor (subdirectora). Recientemente, se unió al equipo Tessy Gutiérrez Ordoñez como jefa de gestión. El asesor académico, desde su primer número, es el Mag. Ernesto Guevara Flores.

La periodicidad de la revista es semestral. El tiraje de la misma es de 120 ejemplares. Su último número se compone por dos secciones: «Umbral» y «Miscelánea». Ambas incluyen siete trabajos de investigación sobre los estudios de género. Anteriormente, el director nos comenta que incluyeron también una sección de creación literaria, donde se presentaron cuentos y poemas.

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Integrantes en la presentación del primer número de Parnasón: Adriana Saldaña (codirectora), Jean Pierre Flores (antiguo miembro) y Henry Abad (director).

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El peculiar nombre de la revista proviene del término «parnaso» (conjunto de poetas de un lugar o época), al cual se le añade la letra «n» por una anécdota: «El nombre lo acuñó un compañero de clase, quien creyó que esa letra agregada dejaba en claro que el lugar de los poetas era un salón de clases. Desde allí, lo utilizamos para referirnos al grupo que componía nuestra aula, pues la intención, en un inicio, era que todos formaran parte de la revista», refiere el director Henry.

La apuesta por la difusión académica

En el usual contexto de un estudiante universitario —sobre todo de los primeros años de carrera―, existen ciertas dificultades que lo limitan para poder publicar sus trabajos críticos, ensayos, reseñas, creación literaria, entre otros, en medios especializados. En algunas ocasiones, las convocatorias de revistas son escasas o cerradas. Otras veces, los mismos estudiantes no se animan a mandar sus textos. Contra la primera situación, Henry nos comenta que Parnasón quiso actuar: «El alumno investiga, pero estas investigaciones suelen terminar en el olvido por muy buenas que sean. Por eso, la revista  se pensó como un medio para que ellos expusieran sus trabajos. Con esa intención es que proponemos temas nuevos por cada número, ya que, por lo general, por cada curso de la especialidad el alumno realiza un trabajo final, que, como repito, muchas veces queda en el olvido». Contra la segunda situación, aún luchan. Y es que, por más que la revista haya sido creada específicamente para las publicaciones de los estudiantes, han tenido que optar también por incluir trabajos de docentes y egresados: «No es sencillo lograr que los alumnos se animen a publicar; aún existe indecisión. Para llenar el vacío que ellos dejan, hemos publicado a docentes y egresados, incluso los mismos integrantes de la revista también lo hemos hecho; todo con el fin de estimular, de decir que todos, como estudiantes, podemos escribir, podemos problematizar».

A pesar de lo mencionado, Henry se muestra optimista y cree que el proyecto, de seguir marchando a buen ritmo, tendrá mejores resultados: «Toda revista pasa por dificultades cuando inicia. Creo que la mejor estrategia para contrarrestar aquello es seguir con el proyecto, como lo venimos haciendo. Cuando la revista crezca más, sé que habrá un gran número de interesados, y no solo de Perú. En lo personal, considero que las revistas, al igual que los concursos, animan a la producción».

Valiosa continuidad

Pocas son las revistas producidas por estudiantes, que nacen dentro de las aulas universitarias y logran una meritoria continuidad. Más cuando la autogestión es el sistema de organización del que se tienen que valer. Parnasón, a pesar de haber conseguido algún apoyo económico extra, no deja de financiarse por los mismos integrantes: básicamente, lo recaudado por cada número es utilizado para la siguiente publicación.

Estas circunstancias no han impedido que la revista poco a poco vaya trascendiendo y alcanzando notoriedad. Así, Henry nos comenta cómo han ido mejorando con cada presentación: «La primera revista se presentó en la UNFV. Recuerdo que, entre los invitados, un gran número eran mis compañeros de aula. El segundo número, lo presentamos en la Casa de la Literatura. Fue algo más elaborado. Realizamos un conversatorio acerca de la generación del 50, el cual estuvo a cargo de Luis Rodríguez Pastor y Alberto Rincón Effio. Me sorprendió mucho ver entre el público a gente de literatura de años superiores, y que, por esta ocasión, ninguno de mis compañeros de aula haya asistido. Todo salió muy bien. El tercer número, a mi parecer, tuvo más acogida. Solicitamos un espacio dentro de nuestra universidad que se llenó. Realizamos un conversatorio acerca de la teoría de género. Este conversatorio se llevó a cabo por la Mag. Judith Paredes Morales y la Dra. Mariana Libertad. El conversatorio salió muy bien. Creo que con el pasar de los números las presentaciones han ido mejorando».

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Ponentes Alberto Rincón, Henry Abad y Luis Rodríguez durante el conversatorio sobre la generación del 50 en la Caslit.

Así pues, desde esta tribuna, felicitamos la continuidad del proyecto y esperamos se fortalezca y afiance como un referente más de consulta y difusión académica. El montículo de nieve aún tiene mucho por recorrer.

DATO: Para los interesados por conocer las bases sobre la convocatoria vigente (hasta el 10 de marzo) y la venta de las revistas, pueden entrar a la página de Facebook: Revista Parnasón Oficial

Por Johanna Saavedra