Todas las entradas por Luis Alberto Gutiérrez

Escribidor. Lector.

¿Y ahora, quién revive a mis muertos?

Es por demás fácil buscar culpables cuando la muerte, jadeante y risueña, merodea la esquina y la sentimos respirar levemente en nuestra nuca. Cuando los cuerpos de las nueve personas, inocentes (con el único propósito de conocer y divisar el paisaje imponente que contrae el cerro San Cristóbal), yacen inertes en una oscura y solitaria morgue de la capital. Mientras que los municipios (tan propio de ellos) ansiosos bajo su nefasto poder, se siguen (y seguirán) tirando la pelota y develando secretos para hundir el uno al otro, y mientras que los familiares afectados por este terrible, terrible suceso, deben estarse preguntando en este momento exacto, lo mismo que yo con gran pena y resignación: ¿y ahora, señores, quién revive a mis muertos?

Un bus con más de cincuenta pasajeros, apretados como se aprecia en el video de seguridad, cuando lo permitido era menos de treinta calla la boca y termina siendo legal con los, poco más de tres mil soles mensuales que Green Bus, el consorcio dueño de esta franquicia de modernos, equipados y muy verdes buses, pagaba a la Municipalidad del Rímac por motivo de licencia, para también ¿por qué no?, ‘caer bien y colaborar a la causa con una coima apetecible que permita cegar al resto’, mientras que ésta, fiel a su estilo, sigue peloteando el ‘pequeño problema mecánico’ a la Municipalidad de Lima, que tampoco, digamos, es la mejor asesora en temas de este calibre.

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Es hasta cierto punto, digno de admiración, el poder observar (y afirmar con bases y fundamentos nada tácitos) cómo nos encontramos, cómo vivimos y cómo fraternizamos con un país sobre un entorno comodón y lleno de vivezas; donde el más ‘pendejerete’ es el que triunfa, donde el menos fuerte es el que llora, el que no mama. Donde por un par de miles de soles puede lucrarse con la seguridad de personas, las que su único pecado, es, fue y será, ver, ¿quién sabe?, ver por primera vez el gran y mítico cerro San Cristóbal y poder regresar sanos y salvos a sus hogares para así, contarles con premura y desfachatez, su aventura en Lima, la gris.

¿Existen, entonces, responsables?, ¿dónde están que nos los veo?, ¿hay alguien que acepte el error en lugar de volverse ciego y jugar al ping-pong con una venda en los ojos y una mordaza en los labios? ¿Algún responsable que ose levantar la mano? No. No veo ninguno, y perderé las esperanzas de verlo alguna vez.

Como de costumbre, no hay (ni habrá) sentencia para el verdadero culpable, porque sí, hablemos claro, en este caso no hay responsables, hay culpables, dejémonos de caretas, es tan culpable Goytzon Bravo Tocas, chofer de Green Bus por manejar de la manera tan imprudente como lo hizo (y más si se tratase de una curva cerrada), como quien otorgó el permiso para que esta empresa funcione sin la debida supervisión.

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Vemos siempre el panorama superficial, nunca identificamos lo que hay dentro, la verdadera idea, el insight. Nos conformamos y alegramos con que juzguen a quien manejaba el bus, sin darnos cuenta que mañana aparecerá otro y entonces, ocurrirá lo mismo y se volverá un círculo vicioso el que nadie, nunca y aunque quiera, podrá detener. El problema se corta de raíz, pero lastimosamente en este país, no sólo nos faltan hachas, nos faltan cazadores.

“¿Y ahora, entonces, quién me revive a mis muertos?” Nadie, señora. Nadie señor; lo acompaño en su dolor, pero déjeme decirle que nadie los podrá revivir, porque vivimos en una sociedad donde el mejor es el más corrupto, donde las personas seguirán muriendo por tres mil soles mensuales, y donde no habrá nunca respeto por lo más importante: la vida; que, cuando aprendamos a valorarla en otro pellejo, empezaremos, recién, a vivir a pleno, gozando al fin de la nuestra.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Novelista. Comunicador.
25 años
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Descripción en dos palabras: Literatura y Cultura

Al cielo valientes soldados

Mientras las familias de Bryan Lizana, Percy Gálvez, Miguel Ángel León y Edison Huangal se disponían como cada mañana sabatina a tomar desayuno y platicar sobre el orgullo que los albergaba por tenerlos en el grato y altísimo Ejército del Perú, ellos morían ahogados en la playa de Marbella. Donde hoy, ninguna disculpa es válida ningún perdón es justificable.

Tomando en cuenta que este pseudoejercicio no fue informado por el mayor y completo responsable del acto Alexis Klifford Rey Sánchez y que las cuatro víctimas militares estuviesen con botas y casi completamente uniformados al momento de ingresar al furibundo y peligroso mar de Magdalena, se podrían tejer un sinfín de versiones. Versiones que han hecho remover del cargo al mayor Rey, teniéndolo bajo investigación y con la lupa en los zapatos.

Una que puedo hilar sin necesidad de mucha perspicacia y la que creo más contundente y veraz, sería por ejemplo que Rey Sánchez llevó y sacó sin permiso alguno a cuarenta y tres militares (entre soldados, cabos y sargentos) del Cuartel de Pueblo Libre con dirección a la playa de Magdalena. ¿Los motivos?, solamente él puede saberlos. De todas formas, y luego de haber ejercitado a su pelotón por las vivas arenas de la Costa Verde, ocho de estos tuvieron un altercado, una discusión, dándole pie al mayor para encomendarles y no idearse algo mejor que un castigo ejemplar a manera de “misión” (¿quizá para medir su grado de temperamento?, castigo que resultó tan sabio como su mente y su coeficiente, al enviar entonces a nadar mar adentro a una de las peores y más peligrosas playas del litoral limeño a los ocho involucrados en la revuelta.

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No obstante a que el castigo que cayó sobre las cabezas de los militares y al cual no pudieron desistir, fue y es por demás cuestionado, Rey Sánchez no tuvo otra idea más descabellada que hacerlos ingresar con botas y uniformados. Casi al suicidio, casi a la muerte.

Está claro que de los ocho militares enviados a la deriva solamente regresaron cuatro, y que luego de ver que su plan no resultó como había pensado y al ver que los miembros de su cuartel pedían auxilio y parte de ellos eran rescatados por un pescador, Rey entró al mar para salir de la misma manera, demasiado tarde.

La justicia no existe, pero me quedo con la rabia comprimida al saber que cuatro jóvenes con la vida por delante sumada a los sueños, los mismos sueños que los hicieron enlistarse al valiente Ejército, pierdan la vida por algo que pudo no hacerse; por una decisión mal tomada, de la forma más absurda, de la manera más imprudente. Me quedo con la impotencia de saber que ellos salieron de su habitación mentalizados en aprender algo más al terminar la jornada y que cuando regresaron, lo hicieron con los pies por delante y con sus cuerpos hinchados y pálidos por el agua.

La justicia no existe, pero las voces de Bryan, Percy, Miguel Ángel y Edison tienen que ser escuchadas. No puede quedar impune. Y créanme, no lo quedará.

Al cielo, valientes soldados peruanos, que el infierno está acá, y que acá, es donde verdaderamente, se pagan los pecados.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Novelista. Comunicador.
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Pisco, Perú

El pisco es peruano. Nadie lo discute. Es más que todo un tema comercial, que no nos aleje de la realidad; el Concurso Mundial de Bruselas (que se desarrolla en nuestro sureño país vecino) es netamente vitrina pura, vitrina pura en su máxima potencia, en su máximo esplendor. Y no, no se rajen, amigos chilenos (que tan bien me albergaron y trataron en su país), que cada cosa en su lugar: ustedes con su aguardiente y nosotros, nosotros para Pisco, familia.

El pisco es peruano, eso no se discute; como tampoco se discute que la piscoleta o aguardiente chileno se distribuya con mucha más potencia y fuerza a nivel mundial y se consuma más por la misma población mapocha. Que no se nos olvide ese pequeño gran detalle; dejemos de lado la pasión, y pensemos un poco más con la cabeza, con el raciocinio, con la verdad, con la realidad.

Porque seamos sinceros, tampoco se trata de jugar el partido con la doble moral, muchos compatriotas se golpean el pecho cual lloronas de viernes santo completamente dolidos, identificados, afectados y petrificados por el hecho de que algunas empresas peruanas desistieran en llamar ‘pisco’ a nuestra bebida bandera en dicho evento mundial para poder participar, y sí, no les falta razón, es un desastre, un ruin, detestable y malévolo plan que lleva a la rabieta coloquial de un país entero, que aún enmendado por cinco productoras de las dieciocho, quienes desistieron de participar en dicho concurso, no puede repetirse jamás; pero entonces, a esos compatriotas peruanos que tanto dolor les ha causado el hecho de sentirse burlados, humillados luego ver el nombre del Perú dejado por los suelos, les pediría que de ahora en adelante en lugar de adquirir productos importados (muchas veces sin saberlo), lean, se instruyan, conozcan y consuman los nuestros.

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Les quiero pedir por favor a esos peruanos de tanto amor propio y tan identificados con nuestra patria, que no vayan más a Ripley, que dejen de ir a Saga Falabella, que no compren en Tottus, que dejen de hacer sus colas para el rico pollo a la brasa en Metro, que ni piensen en ingresar a Wong, que se enteren que mitad de lo que compran en ropa, alimentos y aseo, es chileno. Sí señores, chileno. Y que es más que perfecto cuando se defiende lo suyo, pero mucho más correcto y mucho menos burocrático, es adquirir lo suyo sin necesidad de chistar.

Entiendo, por lo que leo, que la gran mayoría de los ahora nacionalistas por el pisco van a dejar de consumir las marcas ‘traidoras’ en adelante, espero que en realidad puedan cumplir con su prometido y hacerlo realidad. Es jocoso pensar siquiera, en que el típico peruano es un ser del, por, y en conveniencia al momento. Tan simple como eso.

Es gratificante celebrar con proeza y algarabía cuasi extasiada por redes sociales, porque sí, digamos que ahora todos somos periodistas de mentira en Facebook y jueces de juguete por Twitter, cuando en realidad, no hacemos más que ver de qué lado más nos provoca y conviene para coronarnos como falsos campeones.

El pisco es peruano, eso nadie lo discute. Al menos yo no lo hago. ¿Pero, qué hay de nosotros?, ¿somos acaso tan peruanos como lo decimos?, eso, eso sí puedo cuestionarlo.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Novelista. Comunicador.
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Carta a ti, campeón

Te cuento, Jonathan, que era de noche y que todos te veían, ¡te idolatraban! Todos estábamos orgullosos y ansiosos por verte pelear por fin. La algarabía y el clímax llegaron al escuchar tu nombre mal pronunciado en inglés. Al ver tu rostro, plagado de furia y de ganas por dar el primer punch. Por ver el nombre del Perú en las pantallas de la televisión internacional una vez más. Por ver las banderas peruanas agitarse junto a las más fuertes potencias del mundo.

Quizá, en sus casas habrían comprado canchita para disfrutar tu victoria. Cigarros y café para disfrutar la velada. Yo te veía ya casi sin uñas luego de habérmelas arrancado todas por los nervios completos que mi cuerpo procesaba y experimentaba mientras calentaba las manos frotándolas con el vaho caliente de mi aliento.

Todos te observábamos tan valiente y orgulloso mirar a ese mexicano que hablaba más americano que el tío Sam, que cuando diste el primer golpe (que te valió una raya de sangre en la cabeza) y tumbaste al púgil rival centroamericano, nos alegramos al tope y brinqué, aplaudí y grité de felicidad. Seguías golpeando, eras una máquina, un animal que persigue a su presa. Peleabas con pasión, con vigor, con seriedad. Seguías adelante y una luz animaba mi alma y junto a la mía, la de toda una nación orgullosa al ser testigos de la evolución de tu carrera, la evolución de tu semblante. La madurez con la que tu rostro duro y tus músculos cuajados elevaban los brotes de positivismo bruto y de emoción eterna.

Intuí que ganarías gracias a los tenaces golpes con los que sostenías los rounds. –Una victoria más para Jonathan –pensaba. –Una victoria más para el Perú –y una risa invadía mi boca y la mueca de satisfacción con la que mi cerebro trabajaba al más de mil por ciento no podía ser mucho más placentera.

Cursaba el minuto y medio del segundo round y bajaste la guardia en un amague inteligente e ingenioso de Beltrán -perspicazmente, yo soñaba con tu pronto despegue – cuando un izquierdazo fulminante del mexicano entre el ojo izquierdo, la nariz y tu boca, apagó las ansias de miles de compatriotas cerrando el sueño de la gran noche en la gran manzana anglosajona. Fue un balde de agua helada. Una sensación que no estaba dentro de mis planes. Toqué fuertemente mi cabeza, pero ya era demasiado tarde. No te movías y hacías ademanes escalofriantes. Tuve miedo, pensé lo peor.

Cuando caíste a la lona para no levantarte más, no pude contener las lágrimas que cayeron como por arte de magia. Cuando vi la reacción de tus nervios al paralizar tu cuerpo entero y hacerte hacer gestos por inercia, tuve una sucesión de impotencia y tristeza que no encuentran consuelo; sentí dolor por el golpe que recibiste; me dolió el rostro al verte en aquella camilla naranja envuelto en el collarín blanco que tuvieron, por emergencia, que colocarte. Ray Beltrán celebrara mientras tú descansabas sobre la lona. No era justo, realmente, no lo era. La vida no es justa y parece que en el box, tampoco es la excepción.

Me emocionaron hasta tal punto las ganas que tuviste de querer levantarte al verte recostado ante la vista de todos. Caído. Pensé en lo importante que era aquella noche para ti y en las millones de lágrimas que debiste haber botado luego en el camarín, a solas, a oscuras, y en los golpes de intranquilidad que trastabillan y enigmatizan tu cerebro -y lo seguirán haciendo –hasta encontrar un nuevo recurso de tranquilidad y sentir un nuevo amanecer con los cálidos rayos del sol.

Los más grandes saben de derrotas. Y tú, tú sabrás de las tuyas.

Deseo, con inmensidad, verte salir airoso nuevamente sobre algún ring con aquella sonrisa innata que jamás debe ser borrada. Que nada te detenga. Porque tus metas se cumplirán y dentro de poco, estoy seguro, volveremos a saltar inflando el pecho de aire y alegría al ver tu nombre en lo alto, más alto de la brecha mundial.

Pero sé, “batería seria”, que te levantarás y tendrás tu revancha. Tú eres de esa raza. Tú, que eres el más bravo de los bravos. Sé que seguirás en la lucha y que este fue sólo un traspié, uno que quedará en tu memoria, pero que te afirmo y señalo con seguridad, te enseñará más de una cosa. Apréndela, aprovéchala. Es de grandes caer. Es de grandes seguir en pie.

Sé que trabajarás duro (mucho más duro) por los “yunaites” y que va a llegarte esa alegría que tanto estás buscando. Sé que volverás al Madison Square Garden y que volveremos a prender nuestros televisores esperando con recelo la hora y volveremos a gritar por ti y orgullosos de tus logros nos llenaremos de lágrimas, pero esta vez de felicidad, al verte ganador, levantando el título del cinturón mundial. Con los brazos mirando el cielo, y tu cabeza erguida, siempre erguida destilando prepotencia, fuerza y coraje, como a tanto nos tienes acostumbrado.

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A ganar, campeón. Que el futuro es ahora, y que lleva tu nombre impregnado en él. A ganar que para eso naciste, y para eso habrás de vivir.

A ganar, campeón. Una, y mil veces más.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Novelista. Comunicador.
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