Hasta la vista, capitán

Al verlo pasar por el callejón oscuro de vergüenza (cabeza abajo y cabello revoltoso) al que se adhiere cualquier reo común y peligroso, comprendí que la vida es así, que la justicia es así (no siempre pero es así), y que el expresidente nacionalista tendrá tiempo de sobra para pensar en sus actos, en lo que hizo, en lo que hace, y en lo que hará con su ya resquebrajada vestidura, y guardará la banda rojiblanca de aquel veintiocho de julio, que hoy luce muy sucia y que le quedó muy grande. Demasiado grande.

Los ojos perdidos de Ollanta Humala, la tenue sonrisa nerviosa de Nadine Heredia y las marrocas que los acompañaron hasta Barbadillo y Chorrillos, fueron la precuela perfecta de una película con final conocido; el peso de la familia, las palabras de Don Isaac, la sonrisa del hermano Antauro, son apenas algunos de los capítulos de esta novela al estilo Vargas Llosa en sus inicios, llena de morbo, suspenso, tragedia y triste romanticismo.

¿Apelación?, de acuerdo. Se encuentran en su entero derecho, son compatriotas, existen leyes, los respaldan; sin embargo, quedaron manchados a vista del mundo y esa mancha no se quita, ni con el mejor detergente, ni con la lejía más poderosa. Tendrán, entonces, que asumir con hidalguía los cuajos de su irresponsabilidad. De su viveza, de su ‘sacada de vuelta’ a la nación.

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Su falta de profesionalismo (palabra de moda que se utiliza para tildar a quienes no son de tu total agrado) ha de pasarles factura. Su escaso raciocinio (o alto, de acuerdo a la perspectiva en la que coloquemos el asunto) nos da la impresión de que la política está llena de lo mismo desde hace más de cincuenta años. No hemos avanzado, nos estancamos (y nos gusta, somos masoquistas, nos sodomizamos con el poder ajeno, con el que roba, con el que nos agarra de ‘cholitos’, nos hemos acostumbrado tanto que ya no es novedad, ya no sorprende, ya no duele), nos absorbemos dentro de un total, sin salida, sin escape.

Hasta la vista entonces, presidente Humala y primera dama Heredia, que la paz acompañe sus conciencias y que la ley retumbe en sus cabezas y no deje pasar ningún pliego de arrepentimiento. Que no deje pasar otro más, ni en sus memorias, ni en las de todos nosotros.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Novelista. Comunicador.
25 años
Blogger
Descripción en dos palabras: Literatura y Cultura

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