Que la paz sea en tu memoria, José

Hablar de José Yactayo es recordar plenamente su sonrisa placentera y calma al momento de revelar curiosidades innatas dentro de su corto cabello cano; aquellos lentes plata intelectuales enmarcando sus ojos chinos y enunciando transparencia. El semblante de quien se siente libre. El aura de quien no le teme nada; el alma de quien estuvo, y ya no estará jamás.

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Lo ocurrido dentro del departamento de la calle Pedro Ruiz Gallo, en Breña la fatídica noche del veinticinco de febrero pasado, lo sabrás sólo tú y nadie más. Tus diversiones y pasatiempos (merecidos) luego de haberte lucido por horas delante de un computador, para luego ser la estrella secreta tras las bambalinas de algún potente canal de televisión por tus trabajos perfectos, son solamente tuyos y nadie es quien para juzgarlos. Nadie. Ni siquiera el mismo Dios.

Te confiaste del tipo equivocado y amaneciste cercenado a manos de Wilfredo Zamora, la última persona que te vio con vida. Desdibujando y dejando así, tu sonrisa de lado y los mil sueños por delante que seguro anhelabas junto a tus más allegados, que sonriendo antes en alguna reunión a tu lado, lloran hoy en tu tumba, pidiendo justicia, pero, ¿y por qué no?, ya demasiado tarde.

Tu verdugo ahora pide perdón muerto de miedo, llora como un niño perdido, dice que él no finalizó tu vida. Que solamente descuartizó tu cuerpo porque no supo qué hacer cuando se sorprendió al verte desfallecido. Ahora y desde Estados Unidos aparece el dueño del departamento donde descansaste para siempre (Aldo Cáceda Benvenuto), infiriendo y sirviendo a manera de hipótesis, las autoridades, que se trató de un crimen pasional; pero nada de eso importa ya, porque es muy tarde para ponerse a atar cabos sueltos. Muy tarde para la vida. Muy temprano para la justicia. Dos vidas pudriéndose en una cárcel. ¿Pero la tuya?, la tuya jamás se podrá recuperar.

¿Por qué el ensañamiento?, mil veces me lo pregunto, y mil veces no encuentro una respuesta lógica. La única respuesta lógica que mi mente devuelve es que Wilfredo Zamora no merece vivir. No creo, no puedo, o no quiero creer la versión del verdugo, me cuesta todavía; del maldito rufián que a manos de diversas herramientas, se aprovechó y utilizó tu cuerpo como simple carne de mercado, riendo seguro por su fechoría mientras realizaba tamaña empresa, botando y perdiendo de par en par por las lomas oscuras de Huaura, los restos de la persona quien fuiste, soñando viajar a Panamá luego, y sencillamente como muchos, zurrarse por completo en el país. Los escalofriantes mensajes al WhatsApp de Beto Ortiz, las llamadas en silencio y las palabras en código dignas de un orate sanguinario.

La justicia caerá sobre sus manos radiantes de sangre, sobre las de él y sobre las que tenga que caer.

Sé, que por ahora no descansas en paz, y sé también que tu alma se encuentra vaga, pena, perdida, buscando el sendero de lo infinito y queriendo y esperando caer rendido en alguna cama del paraíso para que el olvido llegue y así, se deje de una buena vez de mencionar en vano tu nombre. No desesperes. No llores más.

Porque sé, con el mar de fondo que golpea las rocas, que el silencio llegará y podrás dormir tranquilo, encontrando esa paz que buscas desde que tu sonrisa se borró. Y volverás a reír, y volverás a cantar, y orgulloso me dirás “el que quieras, compadre” y yo te diré “nos veremos muy pronto”, y juntos, al compás de un buen vals, recordaremos todo lo bueno, y esto, no será parte de la charla. Y esto, te aseguro, no habrá sucedido jamás.

Que la paz sea en tu memoria, José.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Comunicador.
25 años
Blogger
Descripción en dos palabras: Literatura y Cultura

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