Hasta que la muerte nos separe

Cuando Luis Sergio Ramírez Santos descargó Tinder (aquella novedosa y colorada red social, con una llama de candela en el medio, capaz de permitir concretar citas en línea y con la habilidad de convertirse en una especie de Cupido virtual) en su celular, jamás imaginó que, lo que en teoría, tendría que darle la mejor de las alegrías y fantasías llenas de tentación y atracción, le traería, al cabo de unos meses, la peor desgracia. Esa, la que nuestros padres nos enseñaron de pequeños que es la única que no tiene arreglo en esta vida: la muerte.

Existen personas que luego de años de haberlas (o pensado haberlas) conocido, nos escarapelan el cuerpo con reacciones propias de un desconocido; existen personas (existimos personas), que no demuestran sus verdaderos egos sino después de años, años en los cuales pueden pasar desapercibidos y no pasar de ser alguien pausado y elocuente, y sin saber cómo ni cuándo, descarrilarse en cero bajo cualquier pretexto, por mínimo que sea. ¿Será correcto y seguro, entonces, confiar en alguien que conocemos vagamente por la letal internet? Luis Sergio Ramírez confió, y ahora está preso dentro de un oscuro ataúd bajo el duro césped de un cementerio local, luego de ser encontrado inerte en una bolsa de basura, sin chance alguna de retroceder el tiempo y de hacer lo que nunca debió: confiar en Ana Carranza.

Ana Carranza trae y lleva consigo la cruz del repudio de un Perú que clama por justicia y que no cree en su esquizofrenia, un país que anhela llegar al fondo y lograr que pague por el crimen que cometió, una población que está harta de ver morir a su gente. Un Perú que proclama el cambio y que grita por una sociedad nueva y mucho mejor.

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Ana siente la repulsión, por ser la verdugo del joven músico, que llegó la noche del diez de marzo a su casa para convertirla, sin saber, en la última noche de su vida, y para dejar que una Ana luego, totalmente fuera de sí y encontrada una vez más con la persona que siempre fue y al no aceptar la negativa de continuar con una relación maliciosa e insana, matara algo más que sus sueños y aspiraciones con una espada y finalmente con una soguilla, atrapándolo y asfixiándolo por el cuello, en lo que fue, sin duda, una escena por demás dantesca propia de película de terror.

Ana Carranza podrá escudarse en su trastorno mental, pero nadie, absolutamente nadie podrá olvidar su rostro, su rostro frío y calculador, capaz de todo por lograr su objetivo. Ana Carranza podrá escudarse en su locura, pero no podrá sacarnos de la mente su manera cómo, tan natural, reconstruyó el asesinato y la forma cómo, con la ayuda de Aníbal Chalco, su actual pareja, se hizo de una bolsa ante la vista y paciencia de todos, bolsa que sirvió como recipiente perfecto para colocar y luego abandonar el cuerpo de Luis en la Avenida Constelación sin levantar sospechas. No, Ana, no podremos olvidar cómo, con el cuerpo de Ramírez Santos, pudriéndose en aquella bolsa, te hiciste pasar como secuestradora y jugaste con los sentimientos una familia entera, para luego gastarlos, sin cargo de conciencia y con total naturalidad, en el área de entretenimiento del sobrepoblado Centro Comercial Megaplaza y luego, suelta de corazón, comer algo al paso para llenar tu estómago sin tripas, digno del más inescrupuloso delincuente. Ana Carranza, podrás escudarte en el infinito, pero el infinito no se escudará contigo y nadie olvidará tu rostro, el rostro de la maldad reencarnada y la frialdad de muerte que tienen, y seguirán destilando, tus grandes y profundos ojos negros.

Ayer fue Luis y mañana podría ser cualquiera. ¿Lecciones por aprender?, en estos tiempos avanzados estamos lo bastante grandes como para reprendernos por hablar con extraños y todo indica que nuestros padres ya hicieron su trabajo; es momento, entonces, de nosotros hacer el nuestro y no arriesgar la vida jugando a la manera más ilógica de cómo perder una vida y aunque la muerte no entienda de lógica, podríamos comenzar a enseñarnos a no hacerle el trabajo tan fácil y a que se demore un poquito más en tocarnos la puerta con su pálida mano cadavérica, y su mortífera y afilada hoz.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Comunicador.
25 años
Blogger
Descripción en dos palabras: Literatura y Cultura

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