Piedras bajo el puente de la garita

El alza de la población de Puente Piedra en la Panamericana Norte, era una bomba de tiempo que tarde o temprano tenía que reventar; y como se dedujo, reventó. Haciéndolo, como era de esperarse, no de la mejor manera.

Tenemos, por un lado, la primera posición ciudadana: la económica.

Los vecinos del distrito norteño sienten la pesadez del incremento de peaje y nuevas garitas por parte de Rutas de Lima, concesionaria encargada mediante las negociaciones ya conocidas, exabrupto para la población de Puente Piedra, que causó el torrente de violencia desencadenada que se vivió a la altura del Puente Chillón; que, aunque las protestas no hayan cesado y los pedidos de renegociación no hayan sido atendidos, restituyó el cobro de peaje (informando que la medida ya fue coordinada con la Municipalidad de Lima) esperando con atención las reuniones con el Presidente de la República y la Defensoría del Pueblo.

La población, en efecto, tiene razón. Ya que en un país donde no abunda el oro y ni la plata (digámoslo, metafóricamente, porque, en las más precarias zonas de Lima y el país entero, sería ridículo y hasta ofensivo hablar de riquezas) no se es viable el término de ‘incremento monetario’.

Sí. Entendemos que es una medida que se toma para solventar gastos propios del municipio y demás temas ligados a la economía y a la política, pero recordemos que no todos somos eruditos en la materia y para todos no alcanza muchas veces el entendimiento básico de las nuevas normas o leyes legislativas sin antes muchas reuniones con los argumentos necesarios para la ciudadanía. Aquí es donde entra a tallar, la guerra psicológica.

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Que la población tenga razón no infiere ni significa que la violencia sea la solución. No. No la es. Y aunque suene a cliché, sabemos que la violencia trae y genera más violencia y que esta conlleva a truncar las negociaciones entre las entidades responsables volcándolas cada vez más difíciles y bloqueando los términos en contra, cuando se pudieran utilizar para una salida mucho más clara, sólida y benefactora para ambas partes sin la necesidad de llegar a extremos y así evitar más conflictos que intercepten la comunicación, que tanto hace falta en estos momentos.

Por otro lado tenemos las sendas políticas: los contratos inmodificables.

Mientras se proclama que lo ya establecido no puede cambiarse y que sí o sí las garitas funcionarán (y lo están haciendo), Luis Castañeda Lossio le da el pase con chanfle a Susana Villarán, la cual se disfraza de Poncio Pilato, hace un amague y devuelve el balón al “Mudo”. Finalmente, frente al arco, los encargados en anotar el gol definitivo parecen ser Pedro Pablo Kuczynski y Walter Gutiérrez, quienes tomarán las riendas en el asunto y esclarecerán las medidas para calmar las aguas y retomar la esperada paz con el cono norte.

Castañeda aconseja a PPK que la “baja” del peaje traerá cola y a su vez el presidente se muestra jocoso para persuadir al alcalde; Kuczynski seguirá bromeando y tendrá que hacer guardia obligatoriamente, para escuchar la tan esperada, palabra del mudo.

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