Democrática y amada kurul

Si hace treinta años, alguien hubiera imaginado lo que el pensamiento de aquel chinito cautivador de sonrisa tierna y tractor campechano traería tres décadas después, probablemente nadie le hubiera creído. Absolutamente nadie.

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Hoy por hoy no nos es indiferente que la política peruana esté pasando momentos sumamente intensos, sufriendo más bajadas que subidas en un trampolín a la fama sin comercial ni regreso al que llamamos hemiciclo, donde los llamados (o mal llamados) ‘padres de la patria’, hacen todo lo posible por dejarnos en claro que si algún día pasó fugazmente por nuestras cabezas el creerles, estuvimos equivocados.

La libertad parece estarse convirtiendo de a pocos en un neoliberalismo vivo, patriótico y caótico; donde por un lado se vislumbra la imponente Plaza San Martín plagándose cada día más de marchas a favor de procesos que deberían fluir con normalidad y por otro lado un Poder Ejecutivo que se ciega en reconocer su más grande debilidad, mientras que la franja naranja en conjunto a su mayoría congresal, saca a relucir la más grande de sus fortalezas.

Jaime Saavedra parece ser el primer cadáver del comienzo de una ardua guerra fría que sostendrán el fujimorismo y oficialismo por los próximos años; aunque a decir verdad, si las controversias del, hasta ahora, blandengue gobierno del Presidente Pedro Pablo Kuczynski continúan, nos limitaríamos a pensar que hablar de cinco años, ahora, sería por demás precipitado.

Dicen que el Perú es un país que no tiene memoria; dicen, que gracias a un ‘mototaxi’, sabemos con quiénes nos hemos metido y contra quiénes tendremos que sopesar. Dicen, que para enrumbar y despegar un país transparente, con más ganas de surgir que de frenar, tenemos que ser cautos en elección, conciencia y no cometer los mismos errores del pasado. Dicen todo eso del Perú, y creo que no se equivocan.

Que no se confunda oposición con autoritarismo. El pueblo espera con ansias que la mayoría de parlamentarios de la bankada gane con responsabilidad y visión cada debate que se plantee, cada moción que se planifique; con inteligencia, con estrategia, con movimientos frontales sobre el tablero del ajedrez que beneficien a la nación y no eleven los egos personales, ya que no es un secreto para nadie que detrás (y delante) de estas ideas del todo absurdas que se están logrando e inculcando desde ya, se encuentra la clara silueta desesperada de Keiko Fujimori, y que sus ganas frustradas de gobernar el país, están sumando al impedimento para que el Perú suba al podio, de una vez, y apunte a la cúspide, por fin, de cualquier meta que se trace.

Un partido político con setenta y dos curules podría legislar normas muy importantes, del todo solubles y de mucho interés para el Estado. Entendamos que el Perú no necesita retroceder, entendamos que lo que necesita es consolidarse del todo sin dejar espacios en blanco ni cabos por atar.

Esperemos que el proceso natural no se detenga y que Dios nos ayude a no retroceder de nuevo a los noventa; puntual y tácitamente, a aquella oscura y a la vez alegre, salita del SIN.

 

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