El lector perdido: Un encuentro casual y causal

 

renacer

La tarde corría con un viento apacible que se filtraba por la ventana del bus. Había muchos asientos vacíos y mi enamorada y yo decidimos sentarnos en la última fila para evitar ajetreos al bajar. A los pocos minutos de viaje, los pasajeros ya deformaban sus rostros al chocar con hombros apretados en medio de una fila interminable.

En medio las voces gritonas y los silencios vacíos en las caras embobadas por pantallas de Smarthphones, conversábamos sobre la expectativa que nos causaba el asistir  después de mucho a un recital de guitarra clásica.  A mi lado, un joven de apariencia calmada, lentes cuadrados, jean y camisa casual, me pidió perdón al rozar levemente su mano con mi brazo cuando sacó un celular de su bolsillo. Marcó un número.

—Aló, pa, ¿viste las declaraciones de Varguitas?

Esperó la respuesta.

—Jaja, sí pues. Ese Varguitas. “A Fidel Castro no lo absolverá la historia.” Ya no se acuerda de su época de comunista.

Mi pareja y yo nos miramos. Cambiamos un par de sonrisas circunstanciales y volvimos los oídos a la conversación.

—Pá, y ¿has visto que en EEUU algunos han celebrado la muerte de Fidel?

Qué le respondería el tal “Pá”. Luego de eso, el joven dijo algo así como “felices los Marielitos”, haciendo referencia al famoso éxodo de muchos cubanos a EEUU en 1980. El joven intercambió unas cuantas palabras más con su interlocutor antes de colgar y echar una sonrisa para sí mismo. Al momento, y sorprendido por lo que acababa de presenciar, volteé hacia él y, casi seguro de que su respuesta sería positiva, le pregunté:

—¿Has leído “Historia de Mayta” de Vargas Llosa?

El joven me miró. Pude ver que sus cejas se levantaron como si se tratase de un susto.

—¡Por supuesto!

—Es clara la posición política que en ese entonces ya planteaba el autor, ¿no? A mí me dejó la impresión de una historia burlesca sobre los intentos de revolución.

—Sí, es cierto. Pero ¿te imaginas? Solo unos escolares acudieron a la sublevación. ¡Y el final! El personaje va en busca de Mayta y lo encuentra en una heladería en Miraflores. Solo para que este le diga ¡No, nada de eso fue cierto!

—Lo recuerdo. Qué decirte, autores y políticos…

—Pero esa revolución sí ocurrió, hay datos sobre ella. Una revolución Trotskista, unas de las primeras. Por ese entonces, luego de la revolución del Ché en Bolivia, empezaron otras pequeñas en distintos países. El Mir de Chile y Perú por ejmplo. Hugo Blanco, Luis de la Puente Uceda en Mesa Pelada. Eso lo narra el mismo Vargas Llosa en “Travesuras de la niña mala”…

—Sí, lo recuerdo. ¿Qué otro libros has leído de él?

—Varios, pero “La guerra del fin del mundo es mi preferido”. ¡Qué personajes, qué universo creado!

—A mí me gustó mucho “El hablador”. ¿Lo conoces?

—Aún no, pero está en mis pendientes.

—Mucha gente critica a “Varguitas” por su lenguaje, ¿estás de acuerdo con eso?

—No, para nada —respondió—.Mira, te diré algo que creo: tú tienes que tener en cuenta que una novela, el lenguaje de un buen novelista, y sobre todo si escribe sobre una sociedad, van más allá del puro esteticismo sintáctico. Y el lenguaje de Vargas Llosa, así se lo califique solo de funcional, es para mí el lenguaje del Perú de su época. Porque el lenguaje, a mi parecer, no son solo las palabras, el lenguaje son sus personajes. Ellos son la palabra misma del Perú que él ha querido retratar, de sus costumbres e idiosincrasia. Y el Perú es un país de muchas idiosincrasias. Como dice Alonso Cueto en un artículo sobre la obra de Carlos Fuentes: los novelistas de América Latina son los más afortunados,  pues tienen a su disposición un conjunto de historias que pocos países pueden ostentar. Así se lo critique por sus desacertados comentarios, lo admiro por lo que te digo.

El joven me siguió hablando pero ya casi no lo escuchaba su contenido, era la euforia de sus palabras reflejada en un inconsciente y natural desvarío en sus ojos, lo que me llevó a entender que en él la literatura había calado con tal poder que llamaba la atención de los demás viajeros. Ese poder, lleno de vida, de insatisfacción ante lo crítico, de goce artístico, de ensueño emotivo,  que tanta falta nos hace y que es menester sembrar en nuestra sociedad. Encontrarlo en un bus del transporte público limeño fue como pincharse de pronto con las púas de un cactus en medio del desierto. Una sensación de renacer.

—¿Eres escritor? —le pregunté.

—No, pero me gusta leer un montón. Ahora mismo estoy leyendo…

El carro se detuvo en un paradero y el joven se paró de su asiento.

—Disculpa, amigo, debo irme. Un gusto la conversa —me dijo, dándome la mano —Por cierto, estoy leyendo “La montaña mágica” de Thomas Mann, te lo recomiendo.

—Gracias —le dije—. Igualmente, cuídate. Saludos.

El bus siguió su curso. Aún nos faltaba un paradero para bajar.

—Me cayó bien el chico —dijo mi pareja —. ¿Por qué no le preguntaste su nombre?

—No, que se quede así mejor. Como el lector perdido. Espero volver a encontrarlo con otra cara, con otra voz, diferente en apariencia, pero con la misma euforia y gusto por la literatura.

Llegamos a nuestro paradero y la puerta del bus se abrió. Cuando ingresamos al recital la sala estaba llena. Sonreí.

—Hay esperanza —le dije a mi enamorada.

Por: Aarón Alva

Pintura:”Renacer”,  Lucía Portocarrero

 

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