Tres al hilo del transporte público

Hace un tiempo denuncié en este medio un hecho concerniente a nuestro sistema de transporte. Se trataba del abuso descarado que algunas líneas cometían contra el público usuario. El día de hoy relataré tres hechos que, aunque suene insólito, ocurrieron en un mismo día en distintos buses en los que viajaba. Pero esta vez no fueron los transportistas los responsables directos. Aparte de ellos, le echo el pato a la informalidad.

Hecho 1

Media mañana, cielo nublado y tranquilo, ruta despejada, cruce de las avenidas Manco Cápac y Grau. Un sujeto se subió al bus donde yo viajaba. Alto, colorado, camisa manga corta y un gorro verde envejecido. Sostenía una tablilla negra en la que colgaban pequeñas pulseras y aretes plateados. Hasta ahí todo bien. Empezó con un discurso de lo más conocido, su reciente salida de un penal donde aprendió a confeccionar adornos y manualidades. Hasta ahí, vuelvo a decir, todo bien. Lo saltante del hecho llegó cuando el tipo desfiló por el pasillo ofreciendo sus productos. Momentos antes había dicho que no le era fácil conseguir trabajo por sus antecedentes y las marcas en su cuerpo: sus brazos estaban llenos de un sinfín de cortes, como las rayas que se forman en la superficie de los cubos de hielo. Muchos de nosotros hemos visto a tipos así antes, estoy seguro. Sin embargo, y también estoy seguro, mucha gente, al igual que yo, notó en él otra “marca”. Bajo sus ojos tenía tatuadas, no una, sino tres y hasta cuatro pequeñas lágrimas de color azul. Si piensan que aquellos signos se los hizo por la tristeza que embarga la pérdida de alguien cercano, acertaron en una cosa: cada lágrima significa la muerte de una persona, pero una persona a la cual se le ha quitado la vida. Varios de los presentes les compraron las pulseras. Al verlo bajar,  me pregunté si esas serían las únicas lágrimas que habría llorado en su vida.

Hecho 2

Media tarde, avenida Brasil, llegando al malecón conocido antiguamente como El paraíso de los suicidas. Subí a un bus casi lleno. Solo había un asiento disponible al final. Me senté y saqué el grueso libro que ando leyendo: “It”, de Stephen King.  Un joven alto y robusto, pelo largo, vestido con polera negra estampada con la cara de Eddie de Iron Maiden, y pantalones camuflados, me distrajo. Estaba parado cerca al conductor. En una mano una bolsa de caramelos y en la otra una botella con agua. Yo he sido fotógrafo, pero la falta de empleo me ha dejado en la calle. Nos les vengo a pedir plata, sino a ofrecer un producto golosinario… Todo bien. Volví a mi lectura. Todo mal para él, nadie le compró. Se dispuso a bajar y esperó justo a mi lado que la puerta se abra. En ese momento lo escuché susurrar para sí mismo: “Puta madre, carajo…ustedes se lo buscaron”. Dejé de leer y me quedé estático. La puerta se abrió y antes de bajar el sujeto volteó y gritó ¡Gente de mierda! Esparció el agua con toda su fuerza sobre la gente sentada, y una vez vacía la botella, la arrojó sobre la cabeza de una señora. A un lado, estaba sentado un niño de no más de 2 años que empezó a llorar descontroladamente. El tipo bajó y se fue caminando de lo más tranquilo. Algunas páginas de mi libro quedaron mojadas.

Hecho 3

Noche, avenida Del Ejército, altura del estadio Manuel Bonilla. Bus lleno. Un señor de mediana edad amenizaba el viaje con su voz gruesa a canto de viejos boleros. Vendía caramelos y “daba consejos”, por ejemplo, recomendó a los jóvenes sentados en los últimos asientos, no andar con el celular en la mano porque dos ladronzuelos rondaban por la zona, expertos en hurtar celulares. Pero lo curioso fue su descripción. “Son dos que se suben por acá. Un CHOLITO y un ZAMBITO, así que tengan cuidado”. Uno que otro pasajero le compró y se bajó sin problemas. Ya lo saben, a palabras de este señor, para la próxima que vean un “cholito” o un “zambito” tengan cuidado. Si se sube un “blanquito” a vender caramelos, no se preocupen y sigan jugando con su celular.

Es todo por hoy. Hasta la próxima.

Por: Aarón Alva/Reporteros Infiltra2

Foto: Perú21

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